Celebrar los 200 años de la aprobación pontificia de nuestra Congregación no es solo conmemorar un acontecimiento histórico ni mirar con nostalgia un pasado glorioso. Es, ante todo, dar gracias a Dios por dos siglos de fidelidad, misión y servicio a la Iglesia.
Este reconocimiento oficial por parte de la Iglesia sigue siendo para nosotros un signo de confianza, pero también una responsabilidad. Nos recuerda que el carisma que nos transmitió el padre Lanteri no es un legado que debamos guardar celosamente, sino un don vivo que hay que hacer fructificar hoy en día.
Este aniversario nos invita, pues, a renovar nuestro compromiso, a recuperar la audacia de nuestros orígenes y a mirar hacia el futuro con esperanza. No solo celebramos 200 años de historia: celebramos una misión que sigue viva, una fidelidad que hay que renovar y un futuro que hay que construir juntos, al servicio de Cristo y de su Iglesia.
Y es con vosotros, fieles de este santuario, con quienes queremos vivir esta celebración con alegría y acción de gracias. Porque vosotros también formáis parte de esta historia y de esta misión. Con vuestra presencia, vuestra oración y vuestra fidelidad, contribuís a mantener vivo hoy el legado espiritual del padre Lanteri. Juntos queremos renovar nuestra fe, reavivar nuestra esperanza y seguir con esta bonita aventura espiritual, para que este santuario siga siendo un lugar vivo de oración, de gracia y de encuentro con el Señor.
El emblema mariano de los O.M.V.

Esta imagen representa el emblema mariano de la Congregación de los Oblatos de la Virgen María (OMV). Tenemos el monograma de Marie. Recuerda que la Virgen María ocupa un lugar central en la identidad espiritual de los oblatos. Ella es su Madre, su modelo y su protectora. La corona donde se honra a María como Reina del Cielo, pero su grandeza reside sobre todo en su humildad, su fe y su entrega a la voluntad de Dios. Los doce estrellas hacen referencia a la mujer del Apocalipsis (12, 1): «Apareció una gran señal en el cielo: una mujer, con el sol como manto, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en la cabeza».. La inscripción en latín: «Mariam cogita, Mariam invoca», «Piensa en María, invoca a María». El oblato mantiene a María presente en su mente, porque es ella quien nos acompaña en nuestro camino espiritual y apostólico.
Este emblema nos recuerda una profunda convicción de la espiritualidad del padre Bruno Lanteri: pertenecer a María para pertenecer mejor a Cristo y servir a la Iglesia. «Pensar en María» es aprender a vivir como ella; «invocar a María» es confiarle nuestro camino hacia Cristo.


