Lecturas: Filipenses 3, 3-8a; Lucas 15, 1-10.
Hermanos y hermanas,
El Evangelio de hoy nos revela algo esencial sobre el corazón de Dios: Dios nunca se resigna a perder a nadie.
Jesús nos habla de un pastor que deja noventa y nueve ovejas para ir a buscar la que se ha perdido. A primera vista, este comportamiento parece irracional. ¿Por qué arriesgar tanto por una sola oveja?
Pero precisamente por eso, Dios no razona como un contable. No calcula el valor de una persona en función del número. Para él, cada uno es único, insustituible y digno de ser buscado.
Lo que llama la atención de esta parábola es que el pastor no le echa nada en cara a la oveja que ha encontrado. No le pregunta por qué se había alejado. La carga sobre sus hombros, lleno de alegría.

Así es la misericordia: un Dios que no empieza por condenar, sino por levantar.
En la primera lectura, san Pablo nos dice que considera todas sus antiguas ventajas como una pérdida frente a este bien incomparable: conocer a Jesucristo.
En otras palabras, lo que nos da valor ante Dios no son ni nuestros títulos, ni nuestros méritos, ni siquiera nuestros logros religiosos. Es nuestra relación viva con Cristo.
Y eso también tiene que cambiar la forma en que vemos a los demás.
En nuestras comunidades, en nuestras familias, en la Iglesia, a veces podemos sentir la tentación de juzgar a quien se aleja, a quien ya no practica, a quien no cumple con nuestras expectativas.
Pero Jesús nos plantea hoy una pregunta: ¿nos preocupa más fijarnos en los alejamientos o buscar los caminos que nos permitan reencontrarnos con nuestros hermanos?
Una comunidad verdaderamente cristiana no es aquella en la que nadie se descarría. Es aquella en la que nadie se vuelve indiferente ante la suerte del otro.
Y, por último, está esa magnífica frase de Jesús: el cielo se alegra por un solo pecador que se convierte.
A menudo pensamos que la conversión empieza con nuestro esfuerzo por volver a Dios. Pero el Evangelio nos recuerda que, incluso antes de que volvamos, Dios ya nos está buscando.
Pidamos hoy la gracia de dejarnos encontrar por el Señor y de tener, hacia nuestros hermanos, algo de su paciencia, de su ternura y de su misericordia.
Porque, al fin y al cabo, la santidad no consiste solo en quedarse con las noventa y nueve ovejas. También consiste en aprender, junto a Cristo, a cuidar de la que falta.
Amén.


