Palabras de bienvenida al inicio de la celebración eucarística del bicentenario de la aprobación pontificia de la Congregación de los Oblatos de la Virgen María
Queridos hermanos y hermanas,
Queridos compañeros,
Queridos amigos,
Con profunda alegría y gran agradecimiento nos reunimos hoy para celebrar el bicentenario de la aprobación pontificia de nuestra Congregación de los Oblatos de la Virgen María, concedida por el papa León XII en 1826.
Hace doscientos años, esa aprobación supuso el reconocimiento oficial de la intuición espiritual y apostólica de nuestro fundador, el Venerable Padre Pío Bruno Lanteri. Mucho más que un simple reconocimiento legal, la Iglesia acogía un carisma, discernía su autenticidad y le confiaba una misión al servicio del pueblo de Dios.
Para el padre Lanteri y sus primeros compañeros, esta aprobación supuso la culminación de un largo camino de fe, pero también el comienzo de una nueva responsabilidad: hacer que este don de Dios diera fruto más allá de las personas, los lugares y las generaciones.
Esta misión, que nació en pleno Piamonte, no tardó en traspasar las fronteras de su cuna original. Ya en 1835, los Oblatos se establecieron en Niza, que por entonces formaba parte del reino de Cerdeña. Más de un siglo después, en 1959, su presencia se extendía hasta Fontenay-aux-Roses, dando muestra de la misma fidelidad al carisma del padre Lanteri y de una disponibilidad constante al servicio de la Iglesia.
En este día de recuerdo y acción de gracias, ¿cómo no recordar con emoción y gratitud a todos esos oblatos que nos han precedido? Muchos habían dejado su país, su familia, su lengua y su cultura para servir a la Iglesia en una tierra que no era la suya. Allí dedicaron sus fuerzas, sus talentos, sus años y, muy a menudo, toda su vida.
Aunque eran extranjeros por nacimiento, ya no lo eran en el fondo de su corazón. No habían venido a buscar algo para sí mismos, sino a dar lo más preciado que tenían: su vida, por amor a Cristo y a aquellos a quienes habían sido enviados.
Algunos descansan ahora allí, lejos de su tierra natal, pero muy cerca de aquellos a quienes amaron y sirvieron. Su testimonio nos recuerda lo que significa ser oblato: no pertenecerte por completo a ti mismo, sino aceptar entregarte allí donde el Señor te llame.
Hoy les debemos mucho más que el recuerdo: la fidelidad a esa misión que nos han transmitido.
Porque celebrar doscientos años de aprobación pontificia no puede consistir únicamente en mirar al pasado.
Una aprobación recibida en 1826 sigue siendo, en 2026, una llamada dirigida personalmente a cada oblato.
Ser oblato no es solo formar parte de una institución religiosa. Es acoger hoy el carisma que se le confió a nuestro fundador y aceptar hacer de nuestra vida una ofrenda al Señor, bajo la mirada de la Virgen María, al servicio de la Iglesia y de su misión.
¿Qué hacemos hoy con este legado? ¿Siguen nuestra vida fraterna, nuestra oración y nuestra disponibilidad apostólica haciendo visible la intuición del padre Lanteri? ¿Hemos conservado esa audacia espiritual que animaba a nuestros primeros hermanos?
Los retos de nuestro tiempo son muchos: transmitir la fe, acompañar espiritualmente, formar las conciencias, llegar a los jóvenes y a quienes buscan un sentido a su vida. Son tantas las llamadas a las que nuestra Congregación debe responder con valentía, discernimiento y creatividad.
Pero sigue habiendo un reto fundamental: el de la transmisión y el relevo generacional. Las generaciones pasan, las comunidades cambian. Los que nos precedieron nos han transmitido la misión; ahora nos toca a nosotros preparar a quienes la continuarán después de nosotros.
Porque un carisma no se nos da para conservarlo como un legado inmóvil, sino para transmitirlo como una llama viva.
Sin embargo, esta continuidad no depende solo de nuestras fuerzas. Forma parte del designio de la Providencia. Es Dios quien llama, es Dios quien suscita las vocaciones, es Dios quien abre caminos donde menos nos lo esperábamos.
Pero la Providencia no nos exime de actuar. A través del alegre testimonio de nuestra vida fraterna, de la fidelidad a nuestra consagración y de nuestra disponibilidad apostólica, podemos despertar en otros el deseo de seguir a Cristo en la familia espiritual del padre Lanteri.
Que nuevas caras, nuevas culturas y nuevas generaciones vengan a enriquecer nuestra Congregación será una señal de la fecundidad siempre renovada de este carisma, tanto allí donde ya estamos arraigados como en cualquier lugar al que la Providencia nos llame a servir.
Así que nuestra esperanza no se basa, ante todo, en el número de los que vendrán después de nosotros, sino en la fidelidad de Aquel que, desde hace dos siglos, no deja de llamar. De nosotros depende no dejar que se apague la llama que hemos recibido; de Dios, suscitar a quienes, mañana, la llevarán más lejos.
Ese es el sentido profundo de este bicentenario: no solo dar gracias por dos siglos de historia, sino renovar nuestro compromiso de ser, hoy, los oblatos que la Iglesia y el mundo necesitan.
No solo celebramos una fecha ni la longevidad de una congregación. Celebramos la fidelidad de Dios, que sigue llamando, acompañando y enviando a hombres al servicio de su Evangelio.
En esta Eucaristía, demos gracias por el padre Lanteri, por las generaciones de oblatos que nos han precedido, por aquellos que han llevado nuestra misión a Niza, a Fontenay-aux-Roses y a otros lugares del mundo, así como por todos los laicos, amigos y benefactores que comparten nuestra aventura espiritual y apostólica.
Pidámosle al Señor, por intercesión de la Virgen María, que este bicentenario sea para cada uno de nosotros no solo el recuerdo agradecido de una aprobación recibida, sino también la gracia de un nuevo impulso misionero.
Que lo que la Iglesia reconoció en 1826 siga vivo de verdad en cada uno de nosotros en 2026.
Entremos ahora en esta celebración eucarística con un corazón agradecido por el pasado, fiel en el presente y confiado en el futuro.
Amén.



